La sorpresa ante el misterio

Encendí el belén para dos niños que habían llegado a deshora. Y viendo aquellas caras de asombro ante el río que corre, el molino que se mueve, el ángel que resplandece y el fuego que calienta a los pastores, sentí cierta preocupación. Me dio por preguntarme si nuestros feligreses se siguen asombrando cada vez que el sacerdote hace bajar a Jesús al altar, si comulgan con el corazón encogido de sorpresa… Me dio miedo responder. Sería terrible que nos hubiéramos acostumbrado a lo extraordinario. Pedí no dejar de temblar cada vez que tengo a Cristo en mis manos.

Se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios. Sé que no basta con asombrarse. Pero es el primer paso. Los dos siguientes son la contemplación y la transformación. Tras el asombro, permaneces ante el misterio, bien abiertos ojos y oídos. Entonces dejas que lo contemplado entre en ti y te transforme por dentro. Aquellos nazarenos se asombraron ante las palabras del Señor, pero después cerraron sus puertas a la luz. Lo que me da miedo es que haya cristianos que se aburran durante la Segunda Lectura, y lleguen dormidos al Evangelio.

Quizá deberíamos comenzar por recuperar la sorpresa.

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“Evangelio