La sordera selectiva

¿En qué pensaría aquella buena mujer mientras Jesús hablaba?

Decía el Señor: El Hijo del hombre va a ser entregado a los sumos sacerdotes y a los escribas, y lo condenarán a muerte y lo entregarán a los gentiles, para que burlen de él lo azoten y lo crucifiquen.

Y, en cuanto terminó de hablar, se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo: «Ordena que estos dos hijos míos se sienten en tu reino, uno a tu derecha y el otro a tu izquierda».

Dan ganas de decirle: «¿Pero no te has enterado de nada? ¿No has oído que Jesús va a ser maltratado, ultrajado y crucificado? ¿Qué quieres, que tus hijos sustituyan a los dos ladrones crucificados con Él? ¿Eso quieres para ellos?».

Por supuesto que no quería eso. Pero, después de que el Señor anunciara su Pasión, ella seguía pensando en un reino terreno, adornado con oropeles, ceremonias y riquezas, donde sus hijos fueran vicepresidentes primero y segundo del Gobierno.

Así somos. Lo que no queremos oír, no lo oímos, aunque entre por los oídos. Todo, menos permitir que Dios cambie nuestras expectativas.

Ojalá escuchéis hoy su voz. No endurezcáis vuestro corazón (Sal 94, 7–8).

(TC02X)