La sencillez de una mirada

Con los hombres, a menudo, lo sencillo se acaba volviendo complejo. Con Dios sucede lo contrario: lo complejo se vuelve sencillo, hasta que se convierte en silencio y mirada. El Sermón de la Montaña, por ejemplo, está compuesto de palabras. Pero si nos adentramos en esas palabras, con las cuales quiso Dios hablar nuestro propio idioma, poco a poco vamos aprendiendo nosotros el suyo, y todo el Sermón se resuelve en una mirada al Crucifijo o a la Hostia.

Si amáis a los que os aman, ¿qué merito tenéis?… Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada. Míralo en la Cruz, entregado a Dios por quienes lo odian. Míralo en la Eucaristía, indefenso y derramado, inerme ante quienes lo profanan y amoroso para quienes lo adoran.

Por eso, la vida cristiana es, también, sencilla. Comulgando con fervor, y mirando con amor al Crucifijo, dejando que esa comida y esa mirada entren hasta lo profundo del alma, sin nada reservarnos, poco a poco nos iremos transformado en lo que comemos y miramos. Y llegará un día en que nos dejemos despojar de todo, y gocemos del único tesoro que repartimos sin nunca perderlo: el Amor de Dios.

(TOI23J)