La santa anónima

viuda pobreNo ha pasado a la Historia el nombre de aquella viuda pobre que entregó cuanto tenía en el tesoro del templo. Al «buen ladrón», al menos, lo hemos bautizado en España como Dimas. Pero esta santa mujer se ha refugiado en Dios de tal manera, que hasta su nombre ha quedado oculto para nosotros. ¿Cómo canonizarla? Su santidad se encuentra sumergida en la misma santidad de Dios, y no hay forma de distinguirlas.

Ella, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.

Y, así, en esta santa anónima se encarna la primera de las bienaventuranzas, la referida a los pobres de espíritu.

Los ricos tienen miedo, porque se cuidan a sí mismos. Podrán ser piadosos, pero nunca santos, mientras sigan siendo ricos en su alma. Dicen: «Tengo mucho; seré piadoso y haré limosnas, para tener también a Dios». La viuda, sin embargo, ha experimentado que Dios la cuida mejor que ella misma, y se fía de Él. Por eso entrega todo. Si le preguntas, te dirá: «No tengo nada. Dios me tiene a mí».

No es cuestión de mucho o poco dinero. Se trata, en el fondo, de saber quién te cuida: tus riquezas, o tu Dios.

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