La sanación del corazón humano

Hay quien se asusta de que, incluso en los momentos más sagrados, acudan a su imaginación pensamientos espantosos o blasfemos. Yo no me asustaría. El pecado original y, después, nuestros pecados personales, han dejado su poso en las zonas más profundas del corazón. No deben extrañarnos esos vahídos pestilentes, mientras no consintamos. Mejor pronunciar una jaculatoria, y darles la misma importancia que al zumbido de una mosca.

De dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios… Todo ello nos debe llevar a fiarnos poco del corazón. Está enfermo de muerte, y muchas veces pide muerte. Hacer lo que a uno le pide el corazón es tan peligroso como hacer lo que a uno le pide el cuerpo. Al único a quien debemos obediencia es a Cristo.

Por eso, la contemplación de los sentimientos del corazón de Cristo va limpiando las zonas más profundas del nuestro. Y, si no abandonas esa contemplación, si te deleitas en ella, llegará un día –no será pronto– en que, en lugar de esos vahídos pestilentes que ahora te atormentan, lo que ascienda de tu corazón al pensamiento serán perfumes, el buen olor de Cristo. Pero aún tienes que amar mucho.

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