La sal sosa

Pones sal en los alimentos para que despierte su sabor. Si te llevas la cuchara a la boca, y el guiso no sabe a nada, echas mano del salero, espolvoreas la sal, y las patatas, que estaban muertas, reviven para alegrarte la comida.

Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?

No puedes echarle sal a la sal. Lo malo de la sal que se vuelve sosa es que su apariencia es perfecta. Pero, cuando la espolvoreas sobre un alimento, las patatas muertas siguen muertas, y el paladar se aburre como si estuvieras comiendo papel de cocina.

Vosotros sois la sal de la tierra. Tal es la vocación del cristiano: acercarse, como la sal, a un mundo insípido y muerto, y darle vida y sabor. Pero si la sal se vuelve sosa… El cristiano sin amor a Cristo, aparentemente, es un cristiano más. Pero, si lo sitúas en un ambiente paganizado, nada cambia allí. Al revés, cambia el cristiano, y se paganiza. Está muerto. Le falta vida espiritual.

La sal tiene fuego, y el fuego enciende cuanto toca. Préndete fuego ante un sagrario, y sal después a dar sabor a este mundo tan aburrido y tan insípido.

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