La respuesta a todas las preguntas

Durante la cena, los apóstoles preguntaron y pidieron muchas cosas a Jesús: ¿A dónde vas? (Jn 13, 36); ¿Cómo podemos saber el camino? (14, 5); Muéstranos al Padre (14, 7); ¿Qué pasa para que te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo? (14, 22); ¿Qué significa ese «poco»? (16, 18)… Estaban inquietos, y querían saber.

Volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría. Ese día no me preguntaréis nada. Cuando el Señor, por su Espíritu, vuelva al alma del cristiano, cesará el tiempo de la inquietud y comenzará el tiempo del reposo. Él «dulce huésped del alma» es, también, «descanso de nuestro esfuerzo». En Él descansaremos, y no hará falta preguntar nada, porque Él, por el don de sabiduría, nos hará conocer, en silencio, todas las cosas. ¿Acaso necesitaba preguntar algo el discípulo amado mientras recostaba su cabeza en el pecho de Jesús? Fue Simón quien interrumpió su reposo con la pregunta acerca del traidor. Pero Juan, en aquel descanso, no necesitaba saber más.

Así nosotros, cuando venga el Paráclito, que es el beso de Dios, descansaremos en Él y, sin necesidad de pregunta alguna, recibiremos de ese Aliento la verdad plena.

(TP06V)