La regla de oro

Puede que no sea la caridad perfecta. Ni tampoco alcanza la altura del mandamiento nuevo. Pero con razón se la llama «la regla de oro» del Evangelio. Y, si no la cumples, ni podrás cumplir el mandamiento nuevo, ni alcanzarás la caridad perfecta:

Todo lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos.

¿Me gustaría que pensaran de mí lo que yo estoy pensando de «ese» prójimo?

¿Me gustaría que me hablasen en el tono de voz en el que acabo de hablarle a mi mujer, o a mi marido?

¿Me gustaría que me respondiesen, cuando pido ayuda, como he respondido yo a mi hijo cuando me ha pedido ayuda con sus deberes escolares?

¿Me gustaría que dijesen de mí lo que acabo de decir de quien no estaba delante?

¿Me gustaría que tardasen en perdonarme tanto como estoy tardando yo en perdonar a quien me ofendió?

¿Me gusta tener al lado a alguien que pasa el día quejándose de todo, como me quejo yo?

Podría añadir más preguntas… Pero, mejor, háztelas tú. La regla de oro del Evangelio es tan sencilla como un espejo. Basta con que te mires, y te preguntes si podrías soportarte.

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