La que fue cielo, al Cielo fue llevada

Piensan muchos en el Cielo como pensarían en un parque temático: un lugar sin dolor, lleno de belleza, donde uno se reencuentra con sus antepasados, y donde, además, reina Dios. Pero esa visión del Cielo, tan de Hollywood, tiene poco que ver con la realidad.

El Cielo es, en esencia, el reinado absoluto de Dios. Es el ámbito donde el Amor de Dios lo llena todo, y donde no existe ni sombra de pecado, de sufrimiento, o de muerte. El vientre de la Virgen María, durante nueve meses, fue un cielo en la tierra. En ese huerto sellado habitó Dios hecho hombre, y así fue morada de la gloria divina. El inmaculado corazón de la Purísima fue, también, un cielo en la tierra. En esa alma sólo la gracia de Dios reinó; jamás entró allí ni sombra de pecado, desde su misma concepción.

¿Qué tenía de extraño, pues, que aquélla que contuvo dentro de su cuerpo, y en su corazón, al mismo Cielo, fuese llevada, al terminar su peregrinaje en esta tierra, al Cielo en cuerpo y alma? ¿Acaso puedes imaginar esos miembros limpísimos convertidos en fetidez y putrefacción bajo el poder de la muerte?

¡No lo hubiera permitido Dios!

(1508)