La profetisa

La gente no siempre sabe lo que dice. Sabe lo que quiere decir, pero, en ocasiones, Dios pone en labios de los hombres palabras que van más allá de su intención.

Una mujer hebrea mira a Jesús y siente sana envidia de su madre. Si hubiera nacido en Lavapiés, hubiera gritado: «¡Viva la madre que te parió!». Pero como no había nacido en Lavapiés, sino en Israel, exclamó: Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron.

Y sus palabras, que no eran sino una forma de suspirar: «¡Qué suerte tiene tu madre!», volaron alto, muy alto, y se convirtieron en profecía de la Asunción de la Virgen en cuerpo y alma a los cielos. Porque ese vientre, esos pechos, y ese cuerpo, sagrario del Verbo Divino, heredarían la bienaventuranza, junto a su alma, por un privilegio especial. Por tanto, antes que Pío XII, una mujer hebrea presagió, sin saberlo, el destino celeste de un cuerpo que fue huerto cerrado donde habitó el Salvador.

Más bien, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen. Tardarán más que el de María, pero también nuestros cuerpos, si obedecemos a Dios, heredarán la gloria. Bienaventurados, entonces, nosotros.

(TOI27V)