La poda

¡Qué palabras tan misteriosas! A todo sarmiento que da fruto lo poda, para que dé más fruto.

Sólo podrás entender este designio divino si miras, embelesado, a la Cruz. Ahí tienes a la propia Vid, al árbol de la vida. Contémplalo: Sin apariencia, sin belleza, despojado de sus vestiduras y hasta de su piel, convertido en el último de los hombres. Y, así, desnudo y cubierto de ignominia, sus frutos de vida eterna se extienden por todo el Orbe y por la Historia entera. Tú eres fruto de esa vid así podada.

En esto consiste la poda del divino Labrador: A los suyos, Dios los va despojando de cuanto les sobra, de todo aquello que no es necesario para la santidad. Y llegan dolores, enfermedades, fracasos, humillaciones… De este modo, el santo muere para el mundo, no malgasta su vida en profusión de hojarasca, y ya sólo vive y crece para Cristo.

No te asuste esa descripción. Los santos han sido, y son, muy felices. Porque, junto a esa poda, les llegan, por dentro, torrentes de vida eterna procedentes de la vid. Nunca el santo echó de menos las hojas. Sencillamente, ya no las quería. Vive abrazado a su Señor.

(TP05X)