La paz y la angustia

El mismo que dijo: La paz os dejo, mi paz os doy (Jn 14, 27) dice también: ¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división.

Existe una oración descansada y pacífica. Cuando hablamos de amor con el Señor, y contemplamos en los santos evangelios su vida mientras sondeamos los sentimientos de su sagrado corazón, el alma experimenta una paz y una dulzura que no son de este mundo. Ojalá no te prives nunca de esa oración.

Con un bautismo tengo que ser bautizado, ¡y qué angustia sufro hasta que se cumpla! Existe, también, una oración cansada y llena de angustia. Es la que Jesús realizó en Getsemaní y en el Calvario. Cuando, unidos a Él, pedimos almas a Dios, entramos en combate con las sombras y con los demonios. La carne se rebela, porque no quiere sufrir ni hacer penitencia. Llora el corazón, al contemplar el camino de tantos hacia el infierno y el terrible poder del pecado. Y, en medio de esa lucha, el grito angustiado de Cristo rasga los cielos y redime a los hombres.

Si ya descansas con Cristo, no tengas miedo a cansarte también con Él. ¿Le pides almas a Dios?

(TOI29J)