La paciencia (no) tiene un límite

No sé por qué todos ponen como ejemplo de paciencia a Job. Quizá por que marca el límite de la paciencia que puede alcanzar un homínido en condiciones extremas. Pero su paciencia –como la de cualquier homínido en condiciones extremas– tuvo un límite. Al principio de su desgracia, acogió con mansedumbre el padecimiento, se sentó en el estercolero, se rascó con la teja, y dijo que Dios le había quitado lo que le dio. Pero más adelante comenzó a pedirle a Dios explicaciones, y qué pasa conmigo, y qué hay de lo mío, y por qué a mí, etc.

El ejemplo perfecto de paciencia no es Job, sino Dios. Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo, le suplicamos los hombres, como aquel empleado de la parábola suplicaba a su Señor. Y Dios escuchó, tuvo paciencia, envió a su Hijo a padecer nuestros pecados, y nos dio en Él el sacrificio con que pagar nuestras deudas. En cada misa pagamos a Dios todo lo que le debemos.

Pero, después de esto, dejemos a Job tranquilo. Si nos hemos beneficiado de tanta paciencia, ahora debemos ser pacientes como Dios. Sin límites, porque, en Cristo, Dios nos ha regalado su propia paciencia.

(TC03M)