La oración del niño rico

Te quejas de Dios. Llevas años pidiéndole que te ayude a vencer al pecado, y ahí sigues, una caída tras otra, sin llegar nunca a vencer. Es como si Dios no te escuchara, como si tus súplicas se perdieran en el aire antes de alcanzarlo. Entre tanto, y hasta que ese Dios que «te ha puesto en espera» coja tu llamada, has puesto el «manos libres», has soltado el teléfono, y te vas entreteniendo en otras cosas. Ya…

Si a alguno de vosotros le pide su hijo pan, ¿le dará una piedra? Un hijo que pide pan es un hijo que tiene hambre. Y un buen padre siempre tratará de evitar que su hijo desfallezca. Puede que le haga esperar a la hora de comer; pero, si el hijo insiste, llegada la hora, le dará pan en abundancia.

Responderé a esas quejas tuyas. ¿Sabes lo que nos pasa? Que no pedimos como un hijo que quiere pan. Estamos demasiado saciados: tenemos regalado el sentido y lleno el vientre. Y, así, suplicamos a Dios como quien «quiere más», no como quien morirá si su oración no es atendida.

¿No sería mejor si, en vez de pan, pidiéramos hambre? Hambre de Dios.

(TC01J)