La novedad esencial del cristianismo

Han pasado dos mil años, y la novedad del cristianismo sigue oculta a los ojos de muchos. Les hablas de la salvación eterna, y todavía creen que se trata del premio otorgado por Dios a quienes se portan bien. Tienen la mentalidad del joven rico: si cumplo los mandamientos, me salvaré. Pero, desde que el Verbo se hizo carne, la salvación eterna no es un premio a la perfección moral. Que se lo pregunten al buen ladrón.

Le rogaban que les dejase tocar al menos la orla de su manto; y los que lo tocaban se curaban. Los enfermos sabían muy bien que su salvación consistía en tocar a Jesús. Y así comprendieron, a su modo, la novedad esencial del cristianismo: la salvación es Cristo, estar con Cristo, vivir con Cristo, amar a Cristo y tocar a Cristo. Dios nos entrega a su hijo, incluso antes de que hayamos cumplido nuestros propósitos de perfección moral, porque nos ama. Y ese Amor, manado del costado de Cristo, nos hará buenos.

Se ha invertido el orden de la Ley: no seré bueno para después ser salvado. Seré salvado y amado en mi pecado, y ese Amor, si lo acojo, me hará bueno.

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