La mujer encorvada y el Crucifijo

En aquella mujer que se encontraba encorvada, sin poderse enderezar de ningún modo, los ojos del Señor vieron a la Humanidad entera. Después del primer pecado, el hombre quedó vuelto hacia la tierra, porque de ella fuiste sacado; pues eres polvo, y al polvo volverás (Gén 3, 19). Con los ojos siempre mirando al suelo, incapaz de erguirse para orientar la mirada a lo alto, quedaron Adán y sus hijos «enterrados», cubiertos de tierra por todas partes.

Pregunta a la gente por sus preocupaciones: el dinero, la enfermedad, el trabajo, las contrariedades de esta vida, los planes para el mañana y los sueños rotos de hoy… Tierra, tierra, tierra. El hombre está encorvado, y no se puede enderezar. ¿A quién le preocupa el Cielo, quién sueña con la eternidad, a quién le brillan los ojos mientras mira a Dios?

Contempla, ahora, al Crucifijo. Ese cuerpo humano, erguido y abierto, con los brazos extendidos y la mirada en alto, es lo contrario al cuerpo maldito de aquella mujer.

Mujer, quedas libre de tu enfermedad. «Ahora alza los ojos, extiende tus brazos junto a los míos, y acoge tú mis dolores, como he acogido yo los tuyos». Ojalá vivas crucificado con Cristo.

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