La misión de los cristianos en el mundo

Si me acerco a un hombre soltero, que malgasta en vicios el poco tiempo de vida que le deja su trabajo, y le reprocho el modo en que se está matando a sí mismo, tan sólo lograré amargarle la vida más todavía. Sus vicios son lo único que tiene, y yo he intentado barrer su pie de apoyo con mi discurso moral.

Pero si ese hombre se enamora de una buena mujer, todo cambia. Por hacerla feliz, es capaz de convertirse en un marido y un padre ejemplar. Y no sucede como fruto de un sombrío discurso moral, ni de un esfuerzo titánico provocado por el miedo a la muerte. Sencillamente, encontró un amor por el que le merecía la pena dejarlo todo; y lo hizo con inmensa alegría.

Venid en pos de mí. La conversión de los apóstoles no fue resultado de las monsergas de los fariseos. Conocieron a Cristo, se enamoraron, y todo lo dejaron por él.

Los cristianos no estamos llamados a llenar la tierra de consejos que nadie nos pide. Somos quienes anunciamos a Jesucristo, el que llena de luz las vidas de quienes habitan en las sombras. Somos quienes llevamos la alegría a los tristes.

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