La mecha vacilante

Sobre el Mesías estaba escrito: La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará (Is 42, 3).

Aún era joven Juan, y seguramente no había comprendido las palabras del profeta.

Maestro, hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no viene con nosotros. Ése que no viene con nosotros, y echaba demonios en tu nombre era, seguramente, un hombre que había oído hablar del poder de Cristo para vencer a los espíritus malignos y lo invocaba porque, sin conocer apenas al Señor, creía en él. Aquella fe era la de la mecha vacilante y recién encendida, llena de deficiencias e ignorancia, pero quizás se trataba, también, de los primeros vagidos de un santo. Juan vio en él a un usurpador, y quiso apagar la mecha. Jesús vio en él a un creyente, y dijo a Juan: No se lo impidáis.

La Iglesia aprendió pronto aquella lección. Cuando Prisca y Aquila encontraron hablando de Cristo al joven Apolo, que no conocía más que el bautismo de Juan (Hch 18, 25), en lugar de prohibírselo, lo instruyeron.

Hay mucho bien sembrado en mucha gente. Ojalá sepamos reconocerlo antes de juzgarlos.

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