La maravilla de ser santo a escondidas

Un árbol, cuando da fruto, es una fiesta. Una vid llena de uvas, o un manzano con sus ramas llenas de alimento, alegran la vista del caminante. Pero no nos llamemos a engaño. Con las almas, las cosas no suceden así.

Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se cosechan uvas de las zarzas o higos de los cardos? Así, todo árbol sano da frutos buenos; pero el árbol dañado da frutos malos.

Si los frutos de las almas fueran como los de los árboles, acabaríamos confundiendo el fruto con el éxito. Si los frutos de las almas alegraran la vista de quienes los aplauden, distinguiríamos a un hombre de Dios por las multitudes que se apiñan a su alrededor, por su fama de santidad o por las alabanzas que cosecha. Y, después, miraríamos el árbol de la Cruz y quedaríamos desconcertados. Allí los ojos no ven más que tinieblas y fracaso. Parece el «olmo seco, hendido por el rayo, y en su mitad podrido» de Antonio Machado.

Repito: no nos engañemos. Los verdaderos frutos de las almas sólo los ve Dios. Y ¡cómo los celebra!

No hay nada en este mundo semejante a la maravilla de ser santo a escondidas.

(TOI12X)