La limpieza que limpia

Existe una limpieza frágil, que consiste en la mera ausencia de mancha. «Cuidado con esa camisa blanca, que se ensucia con mirarla». Y basta que salpique un poco la comida para que la camisa blanca se eche a perder. La inocencia del niño, por desgracia, también es frágil. Maldito quien abra ante sus ojos los caminos del mal.

Pero existe, también, una limpieza radiante, hermosa como el cielo, poderosa como los rayos del sol, que no se oscurece al contacto con la suciedad, sino que limpia cuanto toca. Esa limpieza, que es la de María, no es una mera ausencia de mancha, porque es la plenitud de Dios en el alma.

He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.

Al vivir, desde su concepción, postrada ante Dios, el Amor divino pudo conquistarla por completo y, por singular privilegio, la invadió como invaden el aire los rayos del sol. Igual que una lámpara, al entrar en un lugar oscuro, lo ilumina, así la Virgen María inunda con su pureza a quien se refugia en ella.

¿Quieres vencer al pecado? Cobíjate bajo el manto de la Purísima. Allí encontrarás a su Hijo, su secreto, y Él te limpiará.

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