La libertad del cristiano

Una mujer mayor me decía, llena de tristeza: «Padre, por más que haga, no consigo tener contentos a todos mis hijos». Sin dudarlo, le respondí que desistiera en el intento. «Si Dios, que es omnipotente, tiene a media Humanidad contra Él; si su Hijo, que es la bondad encarnada, fue ultrajado por los hombres, ¿cómo vas a poder tú, una pobre mujer, tener contentos a todos los tuyos? Ocúpate, solamente, de tener contento a Dios, y deja en sus manos lo demás. Te aseguro que es más fácil agradar a Dios que a las criaturas».

Lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo. Sorprende cómo el Hijo de Dios despertó a su alrededor tanto odio y envidia. Y el motivo fue que, a pesar de lo que esperaban los judíos del Mesías, o las expectativas que pudieran tener sus parientes sobre Él, nunca obedeció a nadie más que a su Padre.

Seguir a Cristo supone renunciar a tener contentos a los hombres, ignorar las expectativas de las criaturas, y no buscar nada sino hacer la voluntad de Dios. Déjate liberar, o no podrás seguirlo.

(TC03L)