La ira del Dios que llora

En la antigua alianza, la ira de Dios estaba al servicio de su poder. Se abatió sobre Egipto, y sembró de muerte aquel país. Pero, entonces, Dios sólo quería rescatar a los suyos de una esclavitud material.

Llegada la plenitud del tiempo, cuando Dios quiso rescatar al hombre del pecado, su poder se volvió inútil. ¡Qué misterio, el de la libertad humana, don de Dios que puede el hombre volver contra Dios! Frente a un hombre que dice «no», todo el poder divino se hace añicos.

Echando en torno una mirada de ira, y dolido por la dureza de su corazón… En la redención, la cólera divina no estuvo al servicio de su poder, como en Egipto, sino al servicio de su impotencia. Esa ira, provocada por la dureza del corazón humano, se vertió en lágrimas sobre Jerusalén.

«Sé que estoy diciendo “no” a Dios. Sé que el camino que tomo conduce al abismo. Pero es lo que quiero, y es lo que haré». Cuando escucho esto –¡y lo escucho!– no puedo sino llorar. Uniré mis lágrimas a las del Dios que ha redimido al hombre, no con su poder, sino con su impotencia, ofrecida al Padre desde una cruz.

(TOP02X)

“Evangelio