La ilusión perdida de un Adviento apagado

Pobre Zacarías. Toda la vida pidiendo el milagro y cuando, finalmente, Dios se lo concede, no se lo cree.

¿Cómo estaré seguro de eso? Porque yo soy viejo, y mi mujer es de edad avanzada.

Si no te lo ibas a creer, ¿para qué lo pedías? Venga, Zacarías, dime la verdad: pedías por costumbre. Llevabas suplicando desde joven por ese hijo y ahora, a los noventa y siete años (por decir algo), no ibas a echarte atrás. Era parte de tus súplicas matutinas: «Señor, salva a Israel, bendice a los huérfanos y a las viudas, y concédeme el hijo que tanto deseo». Tanto habías repetido la plegaria, que ni prestabas atención. Pero cuando Dios se la tomó en serio, descubriste que quien ya no te la tomabas en serio eras tú.

Un adviento, y otro, y otro… Ya son unos cuantos años. Y siempre repitiendo: «¡Ven, Señor Jesús!». Pero, en el fondo, ya no crees que otra Navidad pueda cambiar tu vida.

Te quedarás mudo, sin poder hablar… Estuvo sin salir de casa cinco meses. Quizá necesitas silencio, como Zacarías, y recogimiento, como Isabel. Búscalos en estos días, a ver si así se enciende en tu alma la ilusión perdida.

(1912)

“Misterios de Navidad

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