La herencia

Aunque la lista de pecados es casi infinita, el misterio del pecado siempre es el mismo. Si el hijo pródigo le dijo a su padre: Padre, dame la parte de la herencia que me corresponde (Lc 15, 12), los labradores de la parábola de hoy piensan: Éste es el heredero: venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia.

La herencia la recibe un hombre de su padre, sin haber trabajado por conseguirla. Tú has trabajado para conseguir el alimento que compras cada día. Pero tu vida no es fruto de tu trabajo; la has recibido de tu Padre, Dios, a través del Hijo, y te la sido dada para que la vivas, animado por la gracia del Espíritu, como hermano de Cristo e Hijo de Dios.

Venid, lo matamos y nos quedamos con su herencia. Cada vez que pecas, te apropias de tu vida y dispones de ella según tu capricho. Crucificas al Hijo de Dios, que será condenado por ese pecado tuyo, y reniegas del Espíritu y del Padre.

En este viernes de Cuaresma, reniega, más bien, de tus pecados. Y, animado por la misericordia infinita de Dios, pide la gracia de vivir, en adelante, como hijo suyo.

(TC02V)