La gran dispersión

Jerusalén es el corazón del cosmos.

Como un corazón recoge la sangre del organismo, y, al atraerla a él, la bombea para que alcance a todo el cuerpo, del mismo modo, en Jerusalén, todo fue reunido para ser dispersado después.

Durante tres años, los hombres se arremolinaron en torno a Jesús. Subió el Señor a la Cruz, y la Historia entera de pecado de los hijos de Adán se dio cita en aquel cuerpo agonizante. Cuando sea levantado sobre la tierra–había dicho el Señor– todo lo atraeré hacia mí (Jn 12, 32).

 Y hoy, también en Jerusalén, el Hijo de Dios, resucitado, sube al Padre, mientras los creyentes, aventados por el Espíritu, se dispersan por toda la tierra. El Señor Jesús fue llevado al cielo… Ellos se fueron a predicar por todas partes. La ciudad de Dios es, ahora, el punto de partida de la gran dispersión: El Hijo vuelve al Padre, y la Iglesia llena la tierra.

Si te dejaste atraer al Calvario en Semana Santa, hoy, mientras contemplas cómo Cristo sube al cielo, pide el Espíritu, y deja que el Paráclito te convierta en apóstol ante quienes aún no conocen la mejor de las noticias.

¡En marcha!

(ASCB)