La envidia como excusa

Me dices que envidias a esa persona que –según tú– ha recibido tantos dones de Dios. Y a esa otra, a quien –también según tú– le resulta tan fácil rezar. Ya se ve que llegaste el último a la fila de distribución mientras el Creador repartía sus favores. ¡Pobrecito! Si sigues por ese camino, acabarás diciendo que la culpa de tus pecados es de Dios.

Llamó a los que quiso y se fueron con él. E instituyó doce para que estuvieran con él. También entre los apóstoles había envidias. Y, sin embargo, todos recibieron la misma llamada. Pero nada tiene que ver la vida de Pedro con la de Judas. ¿Será culpa del Señor, que llamó a ambos?

No. Porque no es lo mismo estar a los pies de Cristo que juzgar al Mesías. Tanto Judas como Pedro pecaron, pero Simón se mantuvo a los pies del Redentor, mientras Judas lo juzgó y lo entregó.

No te engañes. No has recibido menos gracias del cielo que los demás. Pero las gracias no nos santifican por sí solas; es preciso ser dócil. Por tanto, deja de mirar a tu prójimo y pregúntate, más bien, si estás respondiendo a los dones recibidos.

(TOI02V)