La corona de la Virgen de Fátima

Cuando, en el santo rosario, llamamos a la Virgen «reina», desgranamos su reinado, y decimos: «reina de los ángeles, reina de los patriarcas, reina de los profetas, reina de los apóstoles, reina de los mártires, reina de los confesores, reina de las vírgenes, reina de todos los santos…». Pero yo me quedo con el último de sus títulos: «Reina de la paz».

Porque el saber que los destinos del mundo, y mi destino personal, están en sus manos, me llena de paz.

También a vosotros. El poder de la Virgen María no es un poder simbólico, como si la hubieran nombrado «reina de las fiestas». Es un poder misterioso, pero real, muy real. Ante un solo movimiento de sus ojos, llevados al cielo, todos los coros angélicos comparecen ante ella, dispuestos a obedecer sus órdenes.

La Virgen de Fátima tiene una corona preciosa. En esa corona engastaron la bala que obedeció a sus designios cuando penetró en el cuerpo de san Juan Pablo II, y cambió su trayectoria para respetar la vida del pontífice. Esa corona grita, dulcemente, al mundo, que el poder de la Virgen santísima es real: «Al final, mi corazón inmaculado triunfará». ¿No os llena de paz?

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