La batalla del ruido

Desde la mañana del Viernes Santo, quedó claro, para quien quiera entenderlo, que hay batallas que el cristiano debe dar por perdidas en este mundo. Y una de ellas es la de la opinión pública. La imagen de los habitantes de Jerusalén, instigados por los sumos sacerdotes, pidiendo a gritos la crucifixión del Mesías, es demoledora. El mal hace demasiado ruido, se mueve en el ruido como en su hábitat. En ese terreno, es invencible.

La batalla hay que darla. Pero no pensemos que la vamos a ganar. Porque el bien es silencioso, y gusta del silencio.

No porfiará, no gritará, nadie escuchará su voz por las calles. Entended bien estas palabras: el profeta no dice que el justo no habla, sino que no grita. Y, como no grita, nadie lo escucha, porque otros gritan más fuerte.

Entonces… ¿para qué entablar batalla? Para que nos escuchen quienes aman el silencio; ellos acogerán el reino de Dios. Quienes aman el ruido y viven a golpe de encuesta no pueden acogerlo… a menos que se cansen del ruido, y decidan, al fin, callar y escuchar. Hasta entonces, querer gritar más que ellos sería profanar las perlas y echárselas a… bueno, ya sabéis.

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