Juegos divinos de palabras

A nadie debería extrañar que el Verbo de Dios encarnado sea un maestro en el uso de las palabras. Jesús, con las palabras, hizo maravillas, aunque esas maravillas sembraron mucho desconcierto. Sucedió con Nicodemo, con la samaritana, con Pilato… Decía Jesús «nacer», y Nicodemo pensaba en el vientre; decía «agua», y la samaritana pensaba en el pozo; decía «reino», y Pilato pensaba en soldados. Ninguno entendió al Señor. Es preciso entrar en su juego para que las palabras se abran como ventanas y se llene el aire de una luz nueva.

Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida. Si no entiendes la palabra «vida» en labios de Jesús, te desconcertarás: mucha gente que no comulga jamás goza de estupenda salud, y llega a vivir cien años. ¿A qué se refiere, entonces, el Señor?

Deja que Él mismo desvele su juego: Yo soy el camino, la verdad y la vida (Jn 14, 6). La vida en la que piensa el mundo es muerte, porque termina. La verdadera vida es Cristo. Si comulgas con fervor, Él vivirá en ti, y no morirás jamás. Para mí la vida es Cristo (Flp 1, 21).

(TP03V)