José: el silencio acogedor

No sé cómo han sido las personas en otras generaciones. Pero, en la nuestra, los bípedos implumes hablamos muchísimo. Parece que el silencio nos produjese pánico. Necesitamos palabras, una detrás de otra, aunque no digan nada. Incluso en la piedad, si exponemos el Santísimo en el templo, mejor será que vaya acompañado de oraciones en voz alta, o testimonios hablados, o alguna canción… No vaya a ser que nos quedemos callados y nos petrifiquemos.

José es el santo del silencio. No dice ni una palabra en los evangelios. Pero su silencio no es el de las piedras, sino el de los santos: el de quien escucha a un Dios que habla, también, de forma silenciosa.

Por eso soñaba con Dios. Sólo quienes escuchan a Dios durante el día sueñan con él por las noches. Y por eso, también, obedecía; porque la obediencia, como la humildad, son virtudes silenciosas.

José, hijo de David, no temas a acoger a María, tu mujer.

El que habla sin cesar es como cañón que dispara. El que calla y escucha es como hogar que acoge. Y María, la Madre de la Palabra eterna, necesitaba ser escuchada en un silencio protector. Ese silencio se llamó «José».

(1903)