Jesús, Tú no eres un tren

El tren no espera. Llega al andén, abre las puertas, cierra las puertas, y se marcha. En cuestión de minutos estás a kilómetros de casa.

Hoy quizá te sorprenda, Jesús, porque esto no te lo he dicho nunca: te agradezco que no seas un tren. Te has portado conmigo como te portaste con Mateo, y me parece maravilloso.

Le dijiste: Sígueme. Quien te confunda con un tren pensará que, a partir de entonces, Leví emprendió un viaje con las puertas cerradas y sin marcha atrás. Y es verdad; lo es en Mateo, y también en mí. Pero no como quien monta en un tren.

Porque, a renglón seguido, en lugar de veros caminando, te veo sentado a la mesa con Leví y sus amigos. Le pides que te siga, pero, primero, Tú te quedas y cenas con él.

Maravilloso.

Has querido, primero, cenar conmigo, compartir mi vida y santificar cuanto soy y cuando hago, menos el pecado. Y, después, me llevas a compartir tu muerte, a redimir mi pecado, y a que yo cene en tu casa por toda la eternidad.

Si los trenes fueran como Tú… sería un desastre. Por eso me alegro de que no seas un tren.

(2109)

“Evangelio