Hoy, como ayer

Cuando se comenzó a proclamar por vez primera el Evangelio, el anuncio requería la presencia física. Había que acercarse a los hombres, alzar la voz, y llegar a quienes pudieran escucharte, con la esperanza de que ellos, si creían, pudieran llegar a otros muchos.

Hoy, sin necesidad de recorrer las enormes distancias que viajó san Pablo, yo puedo estar escribiendo en mi despacho, y, en cuestión de segundos, alguien puede leer estas palabras en Nueva Zelanda. Pensaréis que, así, es todo mucho más fácil. Y lo sería, salvo porque la barrera más impenetrable que el apostolado ha encontrado jamás permanece intacta, tan dura hoy como hace dos mil años.

Ellos, al oírle decir que estaba vivo y que lo había visto, no la creyeron.

Fueron a anunciarlo a los demás, pero no los creyeron.

Puedo llegar a Nueva Zelanda en segundos, pero el anuncio se detiene a las puertas del corazón de un neozelandés que resopla y cierra la página.

Las distancias se pueden cubrir en más o menos tiempo. Pero los corazones sólo pueden ablandarse con oración y sacrificio. No nos engañemos. El apostolado de hoy es como el de siempre. La mera palabrería sigue sin servir de nada.

(TP01S)