Habiendo serafines, escogió a pecadores

Cuando nuestros primeros padres fueron expulsados del Edén, Dios encomendó la guarda del Paraíso a un serafín. Allí no quedaban hombres, pero el jardín de Dios no debía ser profanado.

Te daré las llaves del reino de los cielos.

Ningún esfuerzo le había costado a Dios crear el Edén. Pero la Iglesia le costó a Dios la sangre de su Unigénito. Y, cuando ese Hijo único, tras morir en la Cruz para alumbrar el nuevo Paraíso, resucitó y volvió a la derecha del Padre, encomendó la custodia de la Iglesia, no a serafines, sino a pecadores arrepentidos que lo amaban: a quien le había negado tres veces, y a quien había perseguido a muerte a sus discípulos.

Lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos.

¡Misterioso designio de Dios! Pedro y Pablo han quedado como columnas sobre las que se asienta una Iglesia de dos mil años, llena de pecadores arrepentidos que amamos a Cristo. Pienso en mi parroquia; piensa tú en tu familia. Basta con que tú y yo seamos pecadores arrepentidos que amamos al Señor para que ambas se sostengan. Pero ¿lo somos?

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