¡Grande es tu amor!

cananeaLa mujer cananea que obtuvo de Jesús la sanación para su hija endemoniada es conocida por su fe: Mujer, qué grande es tu fe. También por su humildad: También los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos. Pero apenas nadie se fija en que manifestó un amor maravilloso.

Esta mujer me fascina. Porque, cuando pide por su hija, pide para sí. No dice: «Ten compasión de mi hija», ni «Ayuda a mi hija». Dice: Ten compasión de mí. Y, después: Señor, ayúdame. Hace lo que hizo Moisés: se interpone entre el Señor y su hija, y, con su forma de hablar, viene a decir: «Si no la sanas, me matas a mí». ¡Mujer, grande es tu amor! ¡Eso es oración de intercesión! ¿Quién pide así? ¿Quién se juega la vida en las almas por quienes pide?

La hija no está allí; ella está sola. Quizá la hija no quiso ir, quizá renegaba del vientre que la engendró, quizá respondía con sarcasmos y ofensas a los cariños de su madre. Una hija endemoniada no es, precisamente, el consuelo de mamá. La madre tuvo que ir sola a suplicar al Señor.

¡Mujer, grande es tu amor!

(TOA20)