Gente entrañable

Me gusta el nombre que hemos dado a la parábola: «El siervo sin entrañas». Cuando uno la lee, se da cuenta de que habla, precisamente, de eso: de entrañas.

El criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”. Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. El amo es un hombre «entrañable». Ve sufrir al criado, y sufre él. Comprende su dolor y lo perdona. Es la imagen viva de Dios ante el pecador arrepentido. Me sorprende, incluso, cómo Dios perdona a penitentes que confiesan sus pecados entre risitas. Jamás hagas eso tú; está feo.

El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré”. Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel. Aquel siervo no tenía entrañas; tenía una piedra donde debía tener el corazón. El sufrimiento de su compañero no le afectó lo más mínimo; al revés, le endureció más.

Mira: a todos nos cuesta perdonar. Pero, al menos, ten entrañas. Si puedes mirar con compasión a quien te ofendió, acabarás perdonando. Pero jamás perdonarás de corazón si llevas una piedra dentro del pecho.

(TC03M)