Fiat!

Hay palabras que se bastan por sí solas para dar paso al misterio, sin ayuda de adjetivos ni complementos, cuando se pronuncian desde el corazón. Quizá, de entre todas ellas, la más sencilla y poderosa sea ésta: Hágase.

He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.

La primera parte –he aquí la esclava del Señor– es dulce introducción. Y la tercera –en mí según tu palabra– no es sino el eco dejado en el aire por la segunda: Hágase. Fiat. Tiene tal poder esa palabra, que ella bastó para propiciar la encarnación del Hijo de Dios. Al sonido de ese Fiat, el Verbo se hizo carne, igual que, al sonido de las palabras de la consagración, se convierte el pan en Cuerpo de Cristo.

Ojalá lo dijeras muchas veces, a lo largo del día. Porque el hágase es el permiso que le damos a Dios para que obre milagros en nosotros. Al despertar, al comenzar el trabajo del día, al comer con un amigo, al recibir una mala noticia, al sufrir una humillación, al entrar en casa, al acostarte… Hágase en mí tu santa voluntad, Señor. Ni te imaginas lo que puede ocurrirte si eres fiel.

(2012)

“Evangelio