Fermentos de unidad

No es por hacer florituras con el lenguaje; es que, en ocasiones, los matices marcan diferencias abismales, y la lengua española es muy rica en matices. Jesús no pide a su Padre que los discípulos estén unidos, sino que sean uno, como nosotros. En esto, el castellano permite reflejar el matiz de ese «ἓν» del texto original griego.

Es que no es lo mismo estar unidos que ser uno. La gente se une para lograr objetivos comunes, para celebrar fiestas de familia, o porque los unen vínculos de amistad. Pero ese «ser uno» no puede obrarlo más que el Espíritu Santo. Comemos un solo Cuerpo y compartimos un solo Espíritu, que es de Dios y habita en nosotros. Por eso, los dolores de mi hermano son los míos, sus alegrías son las mías, y cualquier división que sufra la Iglesia me duele como un desgarro en mi propio cuerpo.

Y, también por eso, nuestra vocación es ser fermentos de unidad. ¡Cómo sufría Pablo al ver a los corintios enzarzados en banderías! La prueba de que un cristiano ha entrado en una habitación es que, cuando se marcha, quienes allí están se sienten más unidos, y van camino de ser uno.

(TP07X)