Espantados los quiere Dios

Hace unos días, ante las palabras del Maestro sobre la indisolubilidad del matrimonio, los apóstoles exclamaban: ¡No trae cuenta casarse! (Mt 19, 10). Hoy, tras escuchar al Señor decir que le es más fácil a un camello pasar por el ojo de una aguja que a un rico entrar en el reino de los cielos, replican: Entonces, ¿quién puede salvarse? Jesús elevaba ante ellos el listón a tal altura, que sentían incapaces. Mateo precisa que quedaron espantados.

¡Bien por ellos! Ni buscaron interpretaciones «benévolas», ni achacaron las palabras de Jesús a una exageración matizable en cada caso. Nuestra espiritualidad burguesa, que pretende hacer asequible la santidad con relecturas bienintencionadas les era completamente ajena. Tenían ante ellos un ideal inalcanzable, y se espantaron. Es la reacción más noble.

La santidad es inasequible a las fuerzas humanas. Y no hacemos ningún favor a nadie cuando bajamos el listón a la altura de sus rodillas. Para ser santos, necesitamos un milagro.

Y, ahora, que el espanto ceda el paso al asombro: Es imposible para los hombres, pero Dios lo puede todo. Ese milagro sucede: lo realizan la oración y los sacramentos. Ellos elevan al hombre a la altura de la exigencia de Dios.

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