Es ir a casa

Dice la Escritura que Dios no hizo la muerte, ni goza destruyendo a los vivientes (Sab 1, 13). El hombre es un ser espiritual, imagen de Dios. No fue creado para morir, sino para vivir.

Mas por envidia del Diablo entró la muerte en el mundo (Sab 2, 23). Incitado por el Maligno, el hombre se separó de Dios y se arrojó en brazos de la muerte. Por eso nos duele tanto, porque la vemos como un pozo oscuro, y eso nos aterra. A duras penas te reconcilias con la muerte de tus padres. Con la de un hijo no te reconcilias jamás. Raquel, que llora a sus hijos, no quiere ser consolada, porque ya no viven (Jer 31,15).

Cristo, en la Cruz, se tendió sobre la muerte como un Puente, para que el cristiano, cruzando la muerte, llegue al cielo. Santa Teresa de Calculta exclamaba: «La muerte es algo hermoso; es ir a casa».

Por eso, nuestros sufragios por los difuntos están llenos de esperanza. Los acompañamos en ese camino y apresuramos su purificación. Al pedir su salvación eterna, no pedimos sino lo que el propio Dios quiere.

¡Bienaventurados los muertos que mueren en el Señor! (Ap 14, 13).

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