Eres hijo, no «recurso»

En este mundo, el trabajo se mide en dinero y resultados. La eficacia manda. Y manda tanto, que, en ocasiones, la productividad puede aplastar a la persona, exprimida en el altar de la eficiencia. Cuando el hombre se convierte en «recurso humano» queda cosificado por un trabajo que le ha despojado de su principal dignidad. Todo se mira a ras de tierra.

¿De dónde saca este esa sabiduría y esos milagros? ¿No es el hijo de carpintero? ¿de dónde saca todo eso?

Ante Jesús, el horizonte se rasgaba, y dejaba entrever, tras las realidades terrenas, los misterios de las realidades celestiales. Las preguntas de los nazarenos (¿De dónde…? ¿De dónde…?) apuntaban a un origen desconocido, de fuera de este mundo. Ojalá hubieran preguntado, también «¿A dónde?»

Porque, si Jesús es el hijo del carpintero, entonces la carpintería, con sus tableros y sus mesas, es encargo de Dios, y ofrenda a Dios. Y el carpintero, al trabajar, no se convierte en «recurso», sino en hijo, que entrega su vida a su Padre a través del trabajo.

Si vale para el carpintero, vale también para el contable, el ingeniero, la empleada de hogar… ¡Bendito trabajo, que es prolongación de la Eucaristía!

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