En la consulta del oftalmólogo

Acudimos a la consulta del divino oftalmólogo. Allí acuden los miopes y ciegos. Quien cree que ve sólo acude a la consulta para acompañar a otro. Tú, ¿por qué has venido?

¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? Escuchas, y piensas: «Como el sacerdote de mi parroquia. Está lleno de defectos, y encima se permite decirnos lo que debemos hacer»… (O sea, que vienes a acompañar al sacerdote. Vale. Dios te lo pague). O piensas: «¿Cómo podré educar bien a mis hijos, teniendo yo tantos defectos? ¡Señor, ayúdame!»… ¡Bien!

¿Cómo puedes decirle a tu hermano: «Hermano, déjame que te saque la mota del ojo», sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? Escuchas, y piensas: «Esto tendría que escucharlo mi suegra. Siempre criticando, y ella es peor que todos» (Vamos, que ibas a acompañar a tu suegra a la consulta, y te la has dejado en casa. Qué despiste). O piensas: «¿Cómo corregiré a esta persona, si soy peor que él?». ¡Bien!

A los que vienen de compañía, no les digo nada. A los miopes y ciegos, como yo, nos dice el Señor: Si quieres guiar a otro, déjate guiar primero tú. ¿Tienes ya un director espiritual?

(TOI23V)