En buena compañía

El pecado es un camino que termina en una condena. Y tanto ese camino, como esa codena, tienen un único nombre: soledad. Cuando el pecador se aparta de Dios y se vuelve hacia las criaturas, da la espalda al Amor, y, aunque esté rodeado de miles de personas y embriagado por cientos de placeres, está solo; ni ama a nadie, ni sabe dejarse amar. Todos los pecados son soledad. Y el Infierno es una soledad más terrible que la muerte.

Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz de cada día y me siga.

El señor podría haber dicho: «Si alguno quiere ir al cielo…» Y, en ese caso, nos habría trazado un camino fatigoso hacia un descanso eterno. Pero no dice eso. Dice: Si alguno quiere venir en pos de mí… Esas palabras son el centro de la invitación de Cristo. Porque la cruz de cada día se vuelve suave cuando caminamos con Él. ¡Bendito Simón de Cirene!

La santidad es, ante todo, compañía. Consiste en caminar con Cristo, gustar las mieles de su Amor aún en lo alto de una cruz, y saber que ese Amor es para siempre.

(TC0J)