Embajadores de Cristo

La virtud o el pecado de un cristiano nunca son asuntos «estrictamente personales». Aunque nos quieran convencer de que la fe de cada uno es parte de su esfera íntima, y, por tanto, no debe expandirse a su vida social, lo cierto es que nuestra fe es siempre –¡debe ser!– pública. Estamos llamados –ayer nos lo recordaba el Señor– a ser sal y luz. Somos embajadores de Cristo ante nuestros semejantes. Por eso…

El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos. Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos.

Cuando quienes te rodean saben que amas a Cristo –y deben saberlo– se fijan en ti. Ya no basta con tu palabra; debes avalarla con tu vida, o, al menos, con tu lucha por cumplir cuanto crees. Tienes que dejar bien a Cristo y a la Iglesia. Si ven que cumples lo que predicas, quedarán edificados y querrán imitarte. Si ven que caes, que al menos te vean levantarte e intentarlo de nuevo. Pero si ven que no tomas en serio tu fe… Recapacita.

(TOI10X)