Elige bien tus preocupaciones

El número de problemas que se soluciona pensado es bastante limitado. Los problemas de matemáticas se solucionan pensado. Y algunas cuestiones prácticas también se pueden arreglar dándole a las neuronas unas vueltas.

Pero no vas a evitar que anochezca por mucho que pienses. Tu hijo no va a cambiar gracias a tu preocupación. Ni se va a curar ese enfermo por más que pienses en su enfermedad. Ni va a ser más amable contigo esa persona por las horas que dedicas a maldecirle por dentro.

Por eso os digo: no estéis agobiados por vuestra vida… Buscad, ante todo, el reino de Dios y su justicia, y todo eso se os dará por añadidura.

 Te aconsejo una «santa irresponsabilidad»: Puesto que no puedes cambiar nada de cuanto te preocupa, trata de prescindir de ello; abandónalo en manos de Dios. Y centra tus energías en tu propia santificación. Pon toda tu atención en hacer, en cada momento, lo que Dios te pide. Y hazlo bien, con elegancia, con finura, como si nada te preocupase más que ofrecerle al Señor lo mejor de ti.

Te sorprenderás. Las manos de Dios son más poderosas que tus agobios. Sólo tenías que escoger bien tus preocupaciones.

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