El valor de una pregunta sin respuesta

Los nazarenos, familiares y vecinos del Señor, me dan pena. Estuvieron a un paso de la salvación, y la dejaron marchar por su cortedad de miras. Las preguntas que se hicieron, esas mismas preguntas que los condenaron, los hubieran llevado a la contemplación si, en lugar de formularlas con envidia, las hubieran formulado con la reverencia debida al Misterio.

¿De dónde saca este esa sabiduría y esos milagros? ¿De dónde saca todo eso? A un espíritu contemplativo, esas preguntas pueden mantenerle toda la vida en un silencio fascinado. No es necesario responderlas; basta con mantener la mirada en ese «de dónde» que señala a un abismo impenetrable de oscuridad radiante.

¿De dónde le viene a la sagrada Hostia ese poder de atracción que casi succiona el pecho hacia el sagrario? ¿Cómo es posible que ese misterioso magnetismo me tenga clavado ante ella durante tanto tiempo?

¿De dónde procede ese manantial inagotable de sentido que brota en los evangelios? ¿Cómo es posible que, tras mil lecturas, sigan enamorando? ¿Qué hace que, cada vez que el alma se posa en ellos, resplandezca una luz nueva, jamás advertida?

No intentes responder. Deja la pregunta en suspenso, y contempla.

¡Pobres nazarenos! ¡Qué cerca estuvisteis!

(TOI17V)