El último mono

Jesús nunca nos aconsejó nada que no hiciese Él primero. Si habló de Sí mismo como Camino, es porque en cada uno de los pasos que nos guían al Cielo lo encontraremos a Él tendido, como una alfombra, esperando a nuestros pies. Así sabremos que, mientras nos dirigimos de vuelta a Casa, jamás caminaremos solos.

El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido. Me invitas, Señor, a humillarme; pero, antes, te humillaste Tú. Y en la Cruz te hiciste el último de los hombres, despreciado por todos y como vomitado de la tierra por los pecados de los hijos de Adán.

Éste es mi propósito, Jesús: Si Tú has sido el último de los hombres, yo quiero ser, allí donde esté, el «último mono». El que a todos sirve, el que a todos escucha, el que se anticipa a las necesidades del prójimo, el que no se queja, el que no llama la atención, el que se entrega y se oculta, el que no pide agradecimientos ni alabanzas, el que soporta las injurias y humillaciones en silencio…

Sé que, cuando me haya dejado empujar al último lugar, allí me encontraré tus brazos abiertos para mí.

(TC02M)