El tal Talión

Hay quien piensa que Talión era un señor al que le permitieron meter baza en la Biblia para dejar escrita su ley particular: Habéis oído que se dijo: «Ojo por ojo, diente por diente».

¡Pues no! Talión no era ningún señor, y su nombre no se escribe con mayúscula, sino con minúscula: «talión». Viene de la palabra latina «talis», es decir, «igual». O sea: «Tal como me tratas, así te trato yo».

De todas formas, ese señor existe. Todos llevamos dentro un Talión; es lo que san Pablo llama la «ley de la carne» o el «hombre viejo». Mirad vuestro interior, y veréis la agresividad que se dispara ante cualquier ofensa, o la impaciencia que hierve ante cualquier contratiempo. Todo eso está en nuestra carne; lleva la marca de Talión, que es la del pecado.

Pero si, como san Pablo, preferimos ser desterrados del cuerpo y vivir junto al Señor (2Co 5, 8), entonces el alma en gracia, nuestro aposento, nos enseñará a mantener a Talión a distancia –por mucho que grite– y a responder con mansedumbre a las ofensas. Esa mansedumbre no excluye la verdad ni la justicia. Pero destierra a Talión y pone en su lugar a Cristo.

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