El silencio eucarístico

Clávate de rodillas delante de un sagrario. Permanece allí, con la mirada fija en esa cárcel de Amor donde Cristo se ha enclaustrado por ti, y no te retires durante media hora. Al cabo de ese tiempo, dime, ¿qué has escuchado?

Silencio. La Eucaristía es silencio. Cristo lleva dos mil años encerrado en ese sacramento admirable, y, aunque todo su cuerpo, su sangre, su alma y su divinidad están allí, sus labios no se han abierto. De esta forma cumple lo que nos dejó dicho antes de marchar:

Ya no hablaré mucho estando con vosotros.

No habla nada. Y, sin embargo, el silencio de la Hostia es infinitamente más elocuente que todas las palabras de los hombres juntas. Tras esa media hora, clavado ante el sagrario, con tus ojos fijos en él, sales de allí con la certeza de que has sido amado con un Amor arrebatador. Te encuentras lleno de Dios, como abrazado por una dulzura inefable. Pero, si alguien te pregunta: «¿qué te ha dicho?», tu respuesta tendrá que ser: «Nada. Bendita nada».

El silencio de las piedras está vacío. Pero el silencio eucarístico de Cristo está lleno de lo que las palabras no pueden, no saben expresar.

(TP05M)