El Rey de barro

Escandalizados por la forma en que Jesús había expulsado del templo a los mercaderes, los sumos sacerdotes preguntaron a Jesús: ¿Con qué autoridad haces esto?

Faltaba poco para que el Señor fuese apresado. Pero aquella autoridad que, en los comienzos de su vida pública, asombró a las gentes, la misma autoridad con que expulsaba a los demonios y hacía temblar a los guardias encargados de apresarlo, se mantenía incólume. En la Cruz donde entregara su vida, revestido de la misma autoridad otorgaría el Paraíso al buen ladrón.

Descendió del Cielo el Verbo Divino revestido de la autoridad que tenía junto a su Padre, pero en el mismo Cielo dejó olvidado su poder. Fue un olvido voluntario, porque buscaba amor y no temor.

Y así, cuando, en casa de Anás, recibió Jesús su primera bofetada, los hombres descubrieron que aquella autoridad no iba acompañada de poder, sino de fragilidad. Y entonces se ensañaron con Él. Tras la primera bofetada, vino otra, y otra, y después llegaron salivazos, flagelos, humillaciones, espinas, burlas, y clavos que lo cosieron a la Cruz donde murió.

Cristo es Rey de reyes, soberana majestad. Pero ¡es tan fácil ofenderlo! Ni siquiera se queja. Ten cuidado, por favor.

(TOI08S)