El regalo del centurión

Bendito centurión. Sin saberlo, nos ayudó a preparar todas las comuniones de todos los cristianos en todos los lugares del mundo.

Señor… no soy digno de que entres bajo mi techo… Dilo de palabra, y mi criado quedará sano.

La Iglesia, asombrada ante la fe de un pagano, recoge sus palabras y las pone en nuestros labios antes de cada comunión: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme».

¡Qué oración tan preciosa! El sacerdote alza la sagrada Hostia. Ante su blancura, que representa la pureza de Cristo, nos sentimos sucios. ¡Cómo podremos, quienes tanto hemos pecado, ser dignos de recibir tanta pureza!

Pero el reconocimiento de nuestra miseria no podrá apartarnos de ese Amor. Poco antes, en la plegaria eucarística, el sacerdote ha dicho: «Te damos gracias, porque nos haces dignos de servirte en tu presencia». ¡Cierto! Nosotros no somos dignos, pero Tú, al derramar sobre nosotros tu sangre en el bautismo y la penitencia, nos haces dignos. Esa Palabra tuya, que eres Tú, a quien recibiremos, nos sanará. Acudiremos a comulgar como acude el enfermo al dispensario. No por nuestros méritos, sino por tu Amor seremos sanados.

¡Bendito centurión!

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“Evangelio